HANSEL Y GRETEL


Psicoanálisis de Bruno Bettelheim

Ver * en el DICCIONARIO DE ARQUETIPOS


«Hansel y Gretel» trata de las dificultades y ansiedades del niño* que se ve obligado a abandonar su vinculación dependiente respecto a la madre*, y a liberarse de su fijación oral. «Hansel y Gretel», aferrados a su fijación oral, no piensan más que en comerse la casa que representa simbólicamente a la madre malvada que los ha abandonado (les ha obligado a marcharse de casa), y no dudan en arrojar a la bruja a las llamas como si se tratara de comida.
La madre representa la fuente de alimento para el niño, por lo que éste cree que es ella la que lo abandona. La angustia* y la gran decepción que el niño experimenta al darse cuenta de que la madre ya no quiere satisfacer sus necesidades orales le lleva a creer que, de repente, la madre se ha convertido en un ser poco cariñoso, egoísta y despreciativo. Es decir, la transforma en su imaginación de madre a madrastra y de madrastra en bruja malvada.

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Avandonado como se piensa (todo niño), el miedo a morir de hambre le obsesiona y, por eso, sólo puede pensar en la comida como solución a todas sus dificultades. En el caso del cuento, el pan representa la comida en general, la «salvación» del hombre, imagen que Hansel toma al pie de la letra debido a la angustia que experimenta. Al no saber encontrar en la realidad, una solución a su problema (como lo había hecho anteriormente con las piedras*), puesto que la confianza en que la comida los salvaría (migas de pan para marcar el camino) les ha fallado, Hansel y Gretel dan rienda suelta a su regresión oral. La casita de turrón representa una existencia basada en las satisfacciones más primitivas. Arrastrados por sus impulsos incontrolables, los niños no piensan más que en destruir lo que les hubiera podido dar cobijo y seguridad, a pesar de que el hecho de que los pájaros se comieran las migas de pan debería haberles advertido de que no tenían que comer nada más.
Al engullir el tejado y la ventana de la casita de turrón, los niños demuestran que están dispuestos a comerse a alguien además de la casa. Hansel y Gretel habían proyectado en sus padres ese temor a ser devorados, como causa de su abandono. En los sueños, así como en las fantasías o en la imaginación infantil, una casa, vista como el lugar en que vivimos, puede simbolizar el cuerpo, normalmente el de la madre que, en efecto, alimenta al bebé con su cuerpo.
La regresión al estado primario «ideal» —cuando se vivía simbólicamente unido al pecho de la madre (el pecho bueno)— da al traste con toda individuación e independencia. La bruja, que es una personificación de los aspectos destructivos de la oralidad (el pecho malo), está tan dispuesta a devorar a los niños como ellos a destruir la casita de turrón. Cuando éstos ceden a los impulsos incontrolados del ELLO*, simboli­zados por su voracidad ilimitada, corren el riesgo de ser destruidos. Los niños se comen únicamente la representación simbólica de la madre, mientras que la bruja pretende devorarlos a ellos.
Los planes malvados de la bruja obligan, finalmente, a que los niños se den cuenta de los peligros que acarrea la dependencia y la voracidad oral ilimitada. Para sobrevivir, deben tomar la iniciativa y ser conscientes de que su único recurso se basa en llevar a cabo planes y acciones inteligentes. Tienen que dejar de estar sometidos a las presiones del ELLO* para actuar de acuerdo con el YO*. Una conducta dirigida a un objetivo determinado, y basada en una visión correcta de la situación en que se encuentran, debe sustituir a las fantasías de satisfacción de los deseos: el cambio del hueso por el dedo que lleva a la bruja a caer en las llamas.
El camino hacia un nivel superior de desarrollo se abre únicamente cuando se reconocen los peligros inherentes a la fijación en una oralidad primitiva y en sus tendencias destructivas. Entonces resulta que la madre buena estaba escondida en el fondo de la mala y destructora, puesto que hay tesoros que tienen que conquistarse: los niños heredan las joyas de la bruja, que adquieren valor para ellos cuando vuelven a casa, es decir, cuando se encuentran de nuevo con el padre bueno. Esto indica que cuando los niños superan la angustia oral y dejan de depender exclusivamente de la satisfacción oral para tener una seguridad, pueden liberarse también de la imagen de la madre malvada —la bruja— y volver a descubrir los padres buenos, cuyo sentido común —las joyas compartidas— beneficia a todos por igual.
(se tiene que ensayar fantasiosamente la “muerte*” de la madre malvada, escindida de la madre buena, y que en realidad son la misma, para que se conserve la protección de esta)
Al oír repetidamente la historia de «Hansel y Gretel», ni un solo niño deja de darse cuenta del hecho de que los pájaros se comen las migas de pan y, así, evitan que los pequeños vuelvan a casa sin vivir primero su gran aventura (antes, Hansel se había despedido de su casa diciendo adiós a una paloma “imaginaria”). Resulta ser también un pájaro el que guía después a Hansel y Gretel hasta la casita de turrón, y gracias a otro (un cisne) consiguen volver a casa. Esto hace que el niño —cuya opinión acerca de los animales difiere de la de los adultos— piense: estos pájaros deben tener un objetivo determinado, de otro modo no hubieran impedido primero que Hansel y Gretel encontraran el camino de vuelta, no les hubieran conducido después hasta la bruja ni, finalmente, les hubiesen guiado hasta casa.
Los distintos pájaros ofrecen una clave para encontrar el sendero que los niños deben seguir para ganar la recompensa final.  Desde los primeros tiem­pos de la era cristiana, la paloma blanca ha sido el símbolo de fuerzas superio­res positivas. Hansel se detiene a mirar una paloma blanca posada en el tejado de la casa de sus padres para decirle adiós. Más tarde, un pájaro blanco como la nieve, que canta deliciosamente, les conduce hasta la casita de turrón y se posa en el tejado, indicándoles el lugar al que deben dirigirse. Y aún se requiere otro pájaro blanco para guiar a los niños de vuelta a la seguridad: el camino a casa está bloqueado por un «enorme lago», que sólo pueden atravesar con la ayuda de un cisne blanco (*Caballo Cósmico). Los niños no se habían encontrado con ninguna extensión de agua en el camino de ida. El hecho de tener que superar este obstáculo a la vuelta simbo­liza una transición y un nuevo principio a un nivel superior de existencia: la lustración. (En los sueños, cruzar un río es igualmente símbolo de trascendencia de un estadio a otro)
Los personajes femeninos —la madrastra y la bruja— constituyen, en esta historia, las fuerzas enemigas. La importancia de Gretel en la salvación de los dos hermanos asegura al niño que un personaje femenino puede salvar, ade­más de destruir. Probablemente es aún más importante el hecho de que sea Hansel el primero que encuentre una solución, para acabar siendo GRETEL la que lo libera, lo que demuestra que, cuando los niños van creciendo, tienen que con­fiar cada vez más en sus compañeros para encontrar ayuda y comprensión mu­tuas.
Nada ha cambiado al final de «Hansel y Gretel» más que las actitudes internas; o, mejor dicho, todo ha cambiado porque han cambiado las actitudes internas. Los niños ya no se sentirán expulsados, abandonados y perdidos en la oscuridad del bosque*, ni buscarán la milagrosa casita de turrón. Ni siquiera encontrarán ni temerán a la bruja, puesto que se han demostrado a sí mismos que, mediante sus esfuerzos conjuntos, han sido capaces de vencerla y salir victoriosos de esta situación. La destreza, en el sentido de que es capaz de sacar algo bueno de un material pobre, es el verdadero objetivo del niño en edad escolar, tras luchar y vencer las dificultades edípicas.

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DICCIONARIO DE ARQUETIPOS

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