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JACK Y LAS HABICHUELAS MÁGICAS
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Psicoanálisis de Bruno Bettelheim
Ver * en el DICCIONARIO DE ARQUETIPOS
CAPERUCITA ROJA
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VERSIÓN DE PERRAULT 1697
Caperucita roja se desnudó y se metió en la cama, donde, muy sorprendida al notar lo grande que era su abuela en camisa de dormir, le dijo: −¡Qué brazos tan grandes tienes, abuelita! −Son para abrazarte mejor, hija mía…CAPERUCITA ROJA, PERRAULT (fragmento)
La «Caperucita» de Perrault pierde gran parte de su atractivo porque está muy claro que el lobo no es un animal de presa sino una metáfora, y esto no deja apenas nada a la imaginación del oyente. Estas simplificaciones y una moraleja planteada directamenteanse convierten a este posible cuento de hadas en un cuento con moraleja que revela hasta el más mínimo detalle. De esta manera, la imaginación del que escucha la historia no puede actuar atribuyéndole un significado personal. Aferrado a una interpretación racionalista del objetivo del cuento, Perrault procura dejarlo todo bien claro. Por ejemplo, cuando la niña se desnuda y se mete en la cama con el lobo y éste le dice que sus grandes brazos son para abrazarla mejor, la imaginación no puede añadir nada más. Podemos pensar que Caperucita es tonta o bien que quiere que la seduzcan porque, en respuesta a esta seducción tan evidente y directa, no hace ningún movimiento para escapar ni para oponerse a ello. En cualquier caso, no es un personaje con el que uno quiera identificarse. Con todos estos detalles, Caperucita Roja pasa de ser una muchacha ingenua y atractiva, a la que se convence de que no haga caso de las advertencias de la madre y de que disfrute con lo que ella cree conscientemente que son juegos inocentes, a ser poco más que una mujer que ha perdido la honra.
VERSIÓN DE LOS HERMANOS GRIMM 1812
«Caperucita Roja» expresa algunos problemas cruciales que la niña en edad escolar debe resolver si las relaciones edípicas persisten en el inconsciente, lo que puede hacer que se enfrente arriesgadamente a la posibilidad de ser seducida. Mientras que Hansel y Gretel han de ser impulsados a salir fuera de casa, Caperucita lo hace voluntariamente. No le asusta el mundo externo pero reconoce lo atractivo que puede ser para ella. Y en esto, precisamente, radica el peligro. Si el mundo externo, más allá del hogar y de las tareas cotidianas, resulta demasiado seductor, puede inducir a actuar de nuevo según el principio del placer —lo cual, suponemos, ha evitado Caperucita gracias a lo que sus padres le han enseñado en favor del principio de la realidad—, y así pueden presentarse encuentros que lleven incluso a la destrucción. Esta incertidumbre entre principio de la realidad y principio del placer se afirma explícitamente cuando el lobo dice a Caperucita:
«Mira qué flores más bonitas hay por aquí. ¿Por qué no te fijas en las cosas bellas que hay a tu alrededor? Me parece que ni siquiera oyes los pajaritos que cantan. Pareces absorta y preocupada, como si te dirigieras a la escuela; en cambio, todo lo que te rodea es hermoso y alegre»Observamos la idea de que «Caperucita Roja» trata de la ambivalencia infantil acerca de si vivir de acuerdo con el principio de la realidad o con el principio del placer en el hecho de que Caperucita deja de coger flores sólo «cuando había reunido ya tantas que no podía llevarlas». En ese momento, Caperucita «se acordó una vez más de la abuela y se dirigió a su casa». Es decir, el ELLO* sólo cede en su afán de buscar el placer cuando el coger flores deja de ser atractivo, y entonces es cuando Caperucita se da cuenta de sus obligaciones.
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−¡Oh, abuelita, qué orejas tan grandes tienes! −Son para oírte mejor, hija mía. −Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes! −Son para verte mejor, querida. −Abuelita, ¡qué manos tan grandes tienes! −Son para abrazarte mejor…En este punto aparece una enumeración de los cuatro sentidos: oído, vista, tacto y gusto; el niño que ha llegado a la pubertad se sirve de ellos para entender el mundo que le rodea.
«Caperucita Roja», de forma simbólica, proyecta a la niña hacia los peligros de sus conflictos edípicos durante la pubertad y, luego, la libera de ellos, de manera que puede madurar libre de problemas. Los personajes maternos de la MADRE* y la bruja, que eran tan importantes en «Hansel y Gretel», son insignificantes en «Caperucita», donde ni la madre ni la abuela pueden hacer nada: ni siquiera amenazar o proteger. En cambio, el personaje masculino es mucho más importante y está disociado en dos formas completamente opuestas: el seductor peligroso que, si se cede a sus deseos, se convierte en el destructor de la niña; y el personaje del PADRE*, cazador, fuerte y responsable.
(En sus sueños y fantasías diurnas el niño se ve amenazado y perseguido por feroces animales, producto de sus temores y sentimientos de culpabilidad. Tan sólo el PADRE-CAZADOR, a los ojos del niño, puede ahuyentar a estos animales que amenazan al pequeño y alejarlos definitivamente de su mundo. Por consiguiente, el cazador no es un personaje que mata criaturas inocentes, sino alguien que domina, controla y somete a bestias feroces y salvajes. A un nivel más profundo, simboliza la represión de las violentas tendencias animales y asociales que coexisten en el hombre. El cazador es un personaje eminentemente protector que puede salvarnos, y de hecho así lo hace, de los peligros de nuestras violentas emociones y de las de los otros, puesto que busca, rastrea y vence los aspectos más miserables del hombre: el lobo.)
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−¿Y dónde vive tu abuelita, Caperucita Roja? −Más de un cuarto de legua bosque* adentro; su casa está bajo los tres grandes robles; los nogales están más abajo…Caperucita cuando, en respuesta a las preguntas del lobo, le da las instrucciones precisas para llegar a casa de la abuela. ¿Cuál es el objetivo de esta información tan detallada, se pregunta el niño, sino el asegurarse de que el lobo pueda encontrar el camino? Sólo los adultos que están convencidos de que los cuentos son absurdos pueden dejar de ver que el inconsciente* de Caperucita está haciendo horas extras para librarse de la abuela. Es un residuo de las tendencias edípicas de la niña: matar a la madre (en este caso la abuela) para tener al padre para sí sola.
Sin embargo, tampoco la abuela está libre de toda culpa. Tanto el título como el nombre de la niña, «Caperucita Roja», ponen énfasis en el color rojo que exhibe abiertamente. Rojo es el color que simboliza las emociones violentas, sobre todo las de tipo sexual. Las ropas rojas que la abuela regala a Caperucita se pueden considerar, entonces, como símbolo de una transferencia prematura de atractivo sexual, lo que se acentúa por el hecho de que la abuela está enferma y es una anciana, incluso demasiado débil para abrir la puerta. El nombre de «Caperucita Roja» da fe de la importancia clave de este rasgo de la heroína de la historia. Sugiere que no sólo la caperuza es pequeña sino también la muchacha. Es demasiado pequeña, no para llevar la caperucita, sino para conseguir lo que estas ropas simbolizan y lo que el llevarlas significa.
El peligro de Caperucita es su sexualidad incipiente, para la que no está todavía emocionalmente madura. La persona que, desde el punto de vista psicológico, está preparada para tener experiencias sexuales puede dominarlas y madurar gracias a ellas. Pero una sexualidad prematura es una experiencia regresiva que estimula todos nuestros aspectos primitivos. La persona poco madura y no preparada todavía para el sexo y que sufre una experiencia que provoca intensos impulsos de tipo sexual, retrocede hasta llegar a un modo edípico de enfrentarse a ellos. La única manera de superar el sexo, según esta persona, es el librarse de los rivales con más experiencia, cosa que vemos cuando Caperucita le da instrucciones concretas al lobo para llegar a casa de la abuela. Sin embargo, con ello, se ponen en evidencia asimismo sus sentimientos ambivalentes. Cuando manda al lobo a casa de la abuela, actúa como si le dijera: «Déjame sola; ve con la abuela que es una mujer madura; ella podrá hacer frente a lo que tú representas. YO* no».
Esta lucha entre el deseo consciente de actuar correctamente y el anhelo inconsciente de vencer a su abuela (MADRE*) es lo que nos provoca nuestra reacción de cariño frente a la muchacha y lo que la hace parecer un personaje tan extremadamente humano. De la misma manera que nosotros, cuando éramos niños, nos encontrábamos prisioneros de ambivalencias internas que no podíamos dominar, a pesar de nuestros esfuerzos, también Caperucita intenta traspasar el problema a otra persona: a alguien de más edad, a un progenitor o a un padre sustituto. No obstante, este intento de huir de una situación amenazante lleva casi hasta la propia destrucción.
«El lobo se dijo, “qué gordita está esta niña, y qué tierna debe ser; estará mucho más rica que la anciana: tengo que actuar con tiento a ver si me las como a las dos”.»Para conseguir a Caperucita, el lobo tenía que eliminar primero a la abuela. Mientras la madre (abuela) esté presente, Caperucita no será suya. Pero una vez que la madre (abuela) deje de ser un obstáculo, el camino estará libre para actuar de acuerdo con los propios deseos, que habían tenido que permanecer reprimidos mientras la madre seguía estando presente. A este nivel, el relato se refiere al deseo inconsciente de la hija de ser seducida por el padre (el lobo).
En la pubertad, al reactivarse las ansiedades edípicas anteriores, el deseo que la niña siente hacia su padre, sus ganas de seducirlo, y su anhelo de que él la seduzca se reactivan también. Entonces, la muchacha siente que merece que su madre, si no su padre, la castiguen duramente, por su deseo de apartarlo de su madre. En la adolescencia, el nuevo despertar de emociones anteriores, que estaban latentes, no se limita a sentimientos de tipo edípico, sino que incluye asimismo ansiedades y deseos primitivos que reaparecen durante este período.
Se podría decir que el lobo no se come a Caperucita inmediatamente después de encontrarla en el camino porque quiere acostarse antes con ella: un encuentro de tipo sexual tiene que preceder al acto de «devorarla». Djuna Barnes alude a que el NIÑO* iguala en su inconsciente la excitación sexual y la violencia y la ansiedad*, cuando escribe: «Los niños sienten algo que no pueden decir: ¡Les gusta que el lobo y Caperucita estén en la cama!» 
Gustave Doré muestra a Caperucita y al lobo juntos en la cama. En el dibujo, el lobo aparece como un animal* más bien pacífico, mientras que el aspecto de la niña muestra una preocupación por los poderosos sentimientos ambivalentes que experimenta al contemplar al lobo que yace junto a ella. Caperucita no hace ningún movimiento para escapar. Parece intrigada por la situación, atraída y repelida al mismo tiempo. (obsérvese un brazo cubierto, “protegido”, y el otro expuesto, “desnudado”. El comentario es mío)
Muy diferente de Caperucita, que se deja vencer por las tentaciones del ELLO* y, al hacerlo, traiciona a la madre y a la abuela, el cazador no se deja llevar por sus emociones. Su primera reacción cuando encuentra al lobo durmiendo en la cama de la abuela es, «¿aquí estás, viejo verde? (la connotación es en todos lados por igual, la descripción de un pederasta), con el tiempo que llevaba buscándote» y su intención inmediata es matarlo de un tiro (el lobo representa también las tendencias inaceptables que hay en el interior del cazador). Pero su YO* (razón) vence a pesar de los impulsos del ELLO* (cólera ante el lobo), y el cazador se da cuenta de que es más importante intentar salvar a la abuela que ceder a la cólera matando directamente al lobo. El cazador se reprime y, en lugar de dispararle, le abre la barriga con unas tijeras, salvando así a Caperucita y a la abuela.
Caperucita Roja sale del estómago del lobo de manera semejante a una cesárea, con lo que se insinúa la idea del embarazo y del nacimiento*. Con ello se evocan asociaciones de las relaciones sexuales en el inconsciente del niño. ¿Cómo entra el feto en el útero de la madre?, se pregunta el niño, y decide que algo así sólo es posible después de habérselo tragado, como pasa con el lobo (ver VIENTRE DE LA BALLENA*).
En toda la historia no se menciona ni una sola vez al padre*, lo cual es muy extraño, tratándose de un cuento de hadas de este tipo. Podemos ver que el padre está presente de dos formas contrarias: como lobo, que es una externalización de los peligros que representan los sentimientos edípicos, y como cazador, que ejerce una función de protección y salvación.
Caperucita Roja fue a buscar grandes piedras* con las que llenó el cuerpo del lobo; cuando despertó, intentó moverse, pero las piedras pesaban tanto que cayó, reventó y murió … (ver piedra como fundamento*)Tiene que ser Caperucita la que planee espontáneamente lo que se tiene que hacer con el lobo y la que, en efecto, lo realice. Si quiere estar a salvo de ahora en adelante, ha de ser capaz de vencer al seductor, de librarse de él. Si el padre-cazador lo hiciera por ella, Caperucita no podría tener nunca la sensación de haber vencido su debilidad, porque no la habría superado.
Es justo que el lobo muera a causa de lo que intentaba hacer: su voracidad oral es su propia destrucción. Puesto que quiso llenar su estómago, se le inflige el mismo castigo .
Hay otra buena razón para que el lobo no muera al cortársele la barriga y liberar a las personas que había devorado. El cuento protege al niño de una ansiedad* innecesaria. Si el lobo muriera al abrirle la barriga, como en una operación de cesárea, los que escuchan la historia temerían que un niño que sale del cuerpo de su madre va a causarle la muerte*. Pero si el lobo sobrevive, y muere porque se le llena de piedras, no hay razón alguna para temer el alumbramiento.
Caperucita y su abuela no mueren realmente sino que vuelven a nacer. El niño intuye que, cuando el lobo se come a Caperucita, no se ha llegado, en absoluto, al final de la historia, sino a una de sus partes vitales. El niño comprende también que Caperucita «murió» realmente en cuanto muchacha que se permitió ser seducida por el lobo; y cuando la historia dice «la niña saltó fuera» del vientre del lobo, volvió a la vida como una persona diferente. Es lo mismo que si a una persona se le cuenta que cuando la ballena se come a Jonás en el episodio bíblico, éste no es «realmente» su final. Todos los que escuchan la historia saben por intuición que Jonás está en el VIENTRE DE LA BALLENA* con un objetivo, el de volver a la vida siendo mejor que antes.
Cuando la mente consciente e inconsciente de un niño se introduce profundamente en la historia, éste comprende que lo que significa el hecho de que el lobo se coma a Caperucita y a la abuela es que, después de lo que pasó, ambas se habían perdido temporalmente en el mundo, habían perdido su capacidad para ponerse en contacto con la realidad y para influir en lo que en ella sucede. Así pues, alguien procedente del exterior debía acudir en su ayuda; y si se trata de una madre y una hija, ¿quién mejor que el padre?
Cuando Caperucita se dejó seducir por el lobo para actuar de acuerdo con el principio del placer en lugar de guiarse por el principio de la realidad, retrocedió, implícitamente, a una forma de existencia anterior, más primitiva. Este retroceso a un nivel anterior se exagera, a la manera de los cuentos, al representarlo como la vuelta a la existencia prenatal en el útero, puesto que así es como el niño imagina las cosas.
Caperucita Roja perdió su inocencia infantil al encontrarse con los peligros que residían en SÍ MISMA* y en el mundo, y los cambió por la sabiduría que tan sólo posee el que ha «nacido dos veces» que no sólo domina una crisis existencial, sino que también es consciente de que fue su propia naturaleza la que le impulsó a ella. La inocencia de Caperucita Roja muere cuando el lobo se manifiesta como tal y la devora. Cuando sale de la barriga del lobo, vuelve a nacer en un plano superior de existencia; al relacionarse positivamente con sus padres, ya no es una niña y vuelve a la vida convertida en una joven DONCELLA*.
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HANSEL Y GRETEL
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«Hansel y Gretel» trata de las dificultades y ansiedades del niño* que se ve obligado a abandonar su vinculación dependiente respecto a la madre*, y a liberarse de su fijación oral. «Hansel y Gretel», aferrados a su fijación oral, no piensan más que en comerse la casa que representa simbólicamente a la madre malvada que los ha abandonado (les ha obligado a marcharse de casa), y no dudan en arrojar a la bruja a las llamas como si se tratara de comida.
La madre representa la fuente de alimento para el niño, por lo que éste cree que es ella la que lo abandona. La angustia* y la gran decepción que el niño experimenta al darse cuenta de que la madre ya no quiere satisfacer sus necesidades orales le lleva a creer que, de repente, la madre se ha convertido en un ser poco cariñoso, egoísta y despreciativo. Es decir, la transforma en su imaginación de madre a madrastra y de madrastra en bruja malvada.
Avandonado como se piensa (todo niño), el miedo a morir de hambre le obsesiona y, por eso, sólo puede pensar en la comida como solución a todas sus dificultades. En el caso del cuento, el pan representa la comida en general, la «salvación» del hombre, imagen que Hansel toma al pie de la letra debido a la angustia que experimenta. Al no saber encontrar en la realidad, una solución a su problema (como lo había hecho anteriormente con las piedras*), puesto que la confianza en que la comida los salvaría (migas de pan para marcar el camino) les ha fallado, Hansel y Gretel dan rienda suelta a su regresión oral. La casita de turrón representa una existencia basada en las satisfacciones más primitivas. Arrastrados por sus impulsos incontrolables, los niños no piensan más que en destruir lo que les hubiera podido dar cobijo y seguridad, a pesar de que el hecho de que los pájaros se comieran las migas de pan debería haberles advertido de que no tenían que comer nada más.
Al engullir el tejado y la ventana de la casita de turrón, los niños demuestran que están dispuestos a comerse a alguien además de la casa. Hansel y Gretel habían proyectado en sus padres ese temor a ser devorados, como causa de su abandono. En los sueños, así como en las fantasías o en la imaginación infantil, una casa, vista como el lugar en que vivimos, puede simbolizar el cuerpo, normalmente el de la madre que, en efecto, alimenta al bebé con su cuerpo.
La regresión al estado primario «ideal» —cuando se vivía simbólicamente unido al pecho de la madre (el pecho bueno)— da al traste con toda individuación e independencia. La bruja, que es una personificación de los aspectos destructivos de la oralidad (el pecho malo), está tan dispuesta a devorar a los niños como ellos a destruir la casita de turrón. Cuando éstos ceden a los impulsos incontrolados del ELLO*, simbolizados por su voracidad ilimitada, corren el riesgo de ser destruidos. Los niños se comen únicamente la representación simbólica de la madre, mientras que la bruja pretende devorarlos a ellos.
Los planes malvados de la bruja obligan, finalmente, a que los niños se den cuenta de los peligros que acarrea la dependencia y la voracidad oral ilimitada. Para sobrevivir, deben tomar la iniciativa y ser conscientes de que su único recurso se basa en llevar a cabo planes y acciones inteligentes. Tienen que dejar de estar sometidos a las presiones del ELLO* para actuar de acuerdo con el YO*. Una conducta dirigida a un objetivo determinado, y basada en una visión correcta de la situación en que se encuentran, debe sustituir a las fantasías de satisfacción de los deseos: el cambio del hueso por el dedo que lleva a la bruja a caer en las llamas.
El camino hacia un nivel superior de desarrollo se abre únicamente cuando se reconocen los peligros inherentes a la fijación en una oralidad primitiva y en sus tendencias destructivas. Entonces resulta que la madre buena estaba escondida en el fondo de la mala y destructora, puesto que hay tesoros que tienen que conquistarse: los niños heredan las joyas de la bruja, que adquieren valor para ellos cuando vuelven a casa, es decir, cuando se encuentran de nuevo con el padre bueno. Esto indica que cuando los niños superan la angustia oral y dejan de depender exclusivamente de la satisfacción oral para tener una seguridad, pueden liberarse también de la imagen de la madre malvada —la bruja— y volver a descubrir los padres buenos, cuyo sentido común —las joyas compartidas— beneficia a todos por igual.
(se tiene que ensayar fantasiosamente la “muerte*” de la madre malvada, escindida de la madre buena, y que en realidad son la misma, para que se conserve la protección de esta)
Al oír repetidamente la historia de «Hansel y Gretel», ni un solo niño deja de darse cuenta del hecho de que los pájaros se comen las migas de pan y, así, evitan que los pequeños vuelvan a casa sin vivir primero su gran aventura (antes, Hansel se había despedido de su casa diciendo adiós a una paloma “imaginaria”). Resulta ser también un pájaro el que guía después a Hansel y Gretel hasta la casita de turrón, y gracias a otro (un cisne) consiguen volver a casa. Esto hace que el niño —cuya opinión acerca de los animales difiere de la de los adultos— piense: estos pájaros deben tener un objetivo determinado, de otro modo no hubieran impedido primero que Hansel y Gretel encontraran el camino de vuelta, no les hubieran conducido después hasta la bruja ni, finalmente, les hubiesen guiado hasta casa.
Los distintos pájaros ofrecen una clave para encontrar el sendero que los niños deben seguir para ganar la recompensa final. Desde los primeros tiempos de la era cristiana, la paloma blanca ha sido el símbolo de fuerzas superiores positivas. Hansel se detiene a mirar una paloma blanca posada en el tejado de la casa de sus padres para decirle adiós. Más tarde, un pájaro blanco como la nieve, que canta deliciosamente, les conduce hasta la casita de turrón y se posa en el tejado, indicándoles el lugar al que deben dirigirse. Y aún se requiere otro pájaro blanco para guiar a los niños de vuelta a la seguridad: el camino a casa está bloqueado por un «enorme lago», que sólo pueden atravesar con la ayuda de un cisne blanco (*Caballo Cósmico). Los niños no se habían encontrado con ninguna extensión de agua en el camino de ida. El hecho de tener que superar este obstáculo a la vuelta simboliza una transición y un nuevo principio a un nivel superior de existencia: la lustración. (En los sueños, cruzar un río es igualmente símbolo de trascendencia de un estadio a otro)
Los personajes femeninos —la madrastra y la bruja— constituyen, en esta historia, las fuerzas enemigas. La importancia de Gretel en la salvación de los dos hermanos asegura al niño que un personaje femenino puede salvar, además de destruir. Probablemente es aún más importante el hecho de que sea Hansel el primero que encuentre una solución, para acabar siendo GRETEL la que lo libera, lo que demuestra que, cuando los niños van creciendo, tienen que confiar cada vez más en sus compañeros para encontrar ayuda y comprensión mutuas.
Nada ha cambiado al final de «Hansel y Gretel» más que las actitudes internas; o, mejor dicho, todo ha cambiado porque han cambiado las actitudes internas. Los niños ya no se sentirán expulsados, abandonados y perdidos en la oscuridad del bosque*, ni buscarán la milagrosa casita de turrón. Ni siquiera encontrarán ni temerán a la bruja, puesto que se han demostrado a sí mismos que, mediante sus esfuerzos conjuntos, han sido capaces de vencerla y salir victoriosos de esta situación. La destreza, en el sentido de que es capaz de sacar algo bueno de un material pobre, es el verdadero objetivo del niño en edad escolar, tras luchar y vencer las dificultades edípicas.
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LA GUARDADORA DE GANSOS
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EL COMPLEJO EDÍPICO Y EL NIÑO COMO USURPADOR DEL PADRE O LA MADRE.
«Érase una vez una reina viuda que tenía una hija muy bella… Cuando llegó la fecha de la boda y la muchacha tuvo que partir hacia el país de su prometido»La madre* le regaló gran cantidad de joyas y tesoros. Salió en compañía de una doncella*, montando sendos caballos. El de la princesa se llamaba Falada y sabía hablar.
«Cuando llegó la hora de partir, la reina se dirigió a un rincón apartado de palacio y se hizo un corte en un dedo. Salieron unas gotas de sangre y recogió tres en un pañuelo. Al dárselo a su hija le dijo: “Guárdalo bien, hija mía, esto te ayudará a salir victoriosa de todos los apuros”.»(las tres gotas de sangre son un símbolo del logro de la madurez sexual. Logro que, empero, sólo se resolverá al final de la historia, como se verá)
Después de varias horas de camino, la princesa tenía sed y le dijo a su criada que le cogiera agua de un arroyo en su copa de oro. Pero ésta se negó,
diciéndole que bajara ella misma a beber porque ya no era su criada. Más tarde ocurrió el mismo incidente y cuando la princesa se inclinó para beber perdió el pañuelo que su madre le había entregado; a partir de aquel momento se convirtió en una criatura indefensa. La doncella se aprovechó de la situación y obligó a la princesa a cambiar los vestidos y los caballos, haciéndole jurar que no hablaría de este cambio con nadie de la corte. A la llegada, el príncipe tomó a la criada por su prometida. Al preguntarle quién era su acompañante, pidió que le dieran algún trabajo, con lo que la princesa pasó a ayudar a un muchacho que cuidaba gansos. Poco después, la falsa novia le pidió a su prometido el favor de cortar la cabeza de Falada, porque temía que éste hablara y contara su secreto. Una vez cumplido este deseo, la princesa rogó que colgaran la cabeza del animal* en un árbol* del camino para verlo cada día al pasar. Cada mañana cuando la princesa y el muchacho pasaban por allí para ir a cuidar de los gansos, la cabeza del caballo les saludaba tristemente:
«Si tu madre supiera lo sucedido,
se le partiría el corazón.»
(hablar con los animales es una de las tres cualidades del ser en el paraíso*, junto a la espontaneidad y la anulación del tiempo)
Una vez en el campo, la princesa se soltó la cabellera. Como era igual que el oro puro, el muchacho tuvo la tentación de cogerlo, lo que la princesa evitó llamando a una ráfaga de viento que se llevó el sombrero del chico y éste tuvo que salir corriendo tras él. Lo mismo sucedió un día tras otro, hasta que el muchacho, harto de todo esto, se fue a quejar al rey. Al día siguiente, éste se ocultó detrás del árbol y lo observó todo. Por la noche, cuando la guardadora de gansos volvió a palacio, el rey le preguntó qué significaba todo aquel misterio, a lo que ella respondió que había prometido no contar sus penas a ningún ser humano. Tras mucho insistir, consintió en contárselo a una chimenea (animismo*: los objetos cobran vida). El rey se escondió al otro lado y así pudo oír las palabras de la verdadera princesa.
Al descubrir la verdad, se le entregaron las vestiduras reales y se invitó a todo el mundo a una fiesta espléndida, en la que la verdadera novia se sentó a un lado del príncipe y la impostora al otro. Al final de la comida, el rey le preguntó a la falsa princesa qué castigo daría a una sirvienta infiel y embustera. La criada, sin sospechar que se refería a ella, contestó:
«”Yo haría que la desnudaran, la metieran en una cuba llena de clavos y que dos caballos la arrastrasen por las calles hasta morir”. “Eso es, pues, lo que voy a hacer contigo”, respondió el rey. Y tras cumplirse esta sentencia, el príncipe se casó con su verdadera prometida y vivieron muchos años felices».La razón por la que esta historia y su tema principal se encuentran en todas las culturas es su significado EDÍPICO. Aunque el personaje principal suele ser femenino, también podemos encontrar alguna versión en que el protagonista es del sexo masculino.
“La guardadora de gansos” simboliza dos facetas opuestas del desarrollo edípico. En un primer nivel, el niño* cree que el padre* del mismo sexo es un impostor que ocupa equivocadamente su lugar en los sentimientos del progenitor del sexo opuesto, el cual preferiría tenerle a él como cónyuge. El pequeño sospecha que el padre del mismo sexo, gracias a su astucia (ya estaba allí antes de la llegada del niño), le ha engañado en cuanto a sus derechos y tiene la esperanza de que, mediante la intervención de un ser superior, las cosas se arreglarán y él llegará a ser el cónyuge del progenitor del sexo opuesto.
Este cuento constituye también una guía para que el niño supere el primer estadio edípico y pase al siguiente, en el que sus deseos se ven sustituidos por una visión más adecuada de su situación real durante la fase edípica. Al ir aumentando su madurez y capacidad de comprensión, el niño comienza a entender que la idea de que el padre del mismo sexo le haya arrebatado su lugar no concuerda con la realidad. Se da cuenta de que es él el que desea ser el usurpador, es él el que quiere ocupar el lugar del progenitor. «La guardadora de gansos» advierte de que es mejor abandonar estas ideas porque quien consiga, durante un tiempo, usurpar el lugar del verdadero cónyuge recibirá un terrible castigo. La historia demuestra que lo mejor es aceptar el papel que el niño desempeña antes que intentar usurpar el del progenitor por mucho que se desee hacerlo.
“La guardadora de gansos” lleva implícita asimismo la moraleja de que el progenitor, incluso tratándose de un ser tan poderoso como una reina, no puede hacer nada para asegurar el desarrollo del niño hacia la madurez. Para convertirse en Sí mismo*, la criatura debe enfrentarse, por sí solo, a duras pruebas; no puede depender del padre para que éste acuda a salvarlo de las consecuencias de su propia debilidad. Puesto que ni los tesoros ni las joyas que la madre entrega a la princesa le sirven de mucho, esto nos puede hacer pensar que lo que los padres dan a sus hijos en términos de bienes materiales no constituye ayuda alguna si ellos no saben usarlo correctamente. Como último regalo, y más importante, la reina le entrega a su hija el pañuelo con las tres gotas de su propia sangre (amuleto*). No obstante, la princesa lo pierde también, a causa de su negligencia.
Al partir la princesa para casarse, es decir, para dejar de ser doncella* y convertirse en mujer y esposa, al dar su madre más importancia al regalo del pañuelo con la sangre que al del caballo que habla, no parece descabellado imaginar que estas gotas de sangre esparcidas sobre un pedazo de tela blanca simbolicen la madurez sexual, un vínculo especial forjado por una madre que prepara a su hija para la actividad sexual.
Así pues, el hecho de que la princesa pierda la prenda mágica, la cual, de haberla conservado, la hubiera protegido del impostor, nos hace pensar que, en el fondo, no estaba preparada para convertirse en una mujer. Podríamos imaginar que esta pérdida negligente es un lapsus* «freudiano» en el sentido de que evita lo que no desea: la pérdida inminente de la virginidad. Como guardadora de gansos, su papel pasa a ser el de una joven doncella, cuya falta de madurez se acentúa por el hecho de tener que ayudar a un niño a cuidar de los gansos. Sin embargo, la historia demuestra que el permanecer en un estadio de inmadurez cuando ha llegado el momento de superarlo puede ser origen de una tragedia para uno mismo y para los que están cerca, como ocurre con el fiel caballo Falada.
Las palabras que Falada pronuncia tres veces —como respuesta al lamento de la princesa cuando pasa junto al caballo: «Oh, Falada, tú que aquí cuelgas»— no son tanto un lamento por el destino de la muchacha como la expresión de la pena que sentiría su madre. Lo que implican estas palabras es que, no sólo por ella misma, sino también por su madre, la princesa tiene que dejar de aceptar pasivamente todo lo que le sucede. También es una acusación velada de que si la princesa no hubiese actuado tan irreflexivamente al dejar caer el pañuelo y al permitir que su criada la dominara, Falada no hubiera muerto: Todo lo malo que está ocurriendo es culpa de la princesa porque no consigue afirmar su propia personalidad. Ni siquiera el caballo que habla puede ayudarla a salir de su difícil situación.
La historia pone un énfasis especial en las dificultades con que uno se encuentra durante su viaje* por la vida: logro de la madurez sexual, conquista de la independencia y de la autorrealización. Tienen que superarse los peligros, resistirse las pruebas y tomarse decisiones; pero el cuento nos muestra que, si uno permanece fiel a Sí mismo* y a sus propios valores, por muy desesperada que parezca una situación, siempre habrá un desenlace feliz. Y, por supuesto, en cuanto a la solución de los conflictos edípicos, la historia acentúa el hecho de que usurpar el lugar de otra persona*, por el simple deseo de hacerlo, lleva a la destrucción del usurpador. La única manera de conseguir la propia autonomía es a través de las propias acciones.
El niño experimenta el éxito final como algo carente de sentido si sus angustias* inconscientes no se resuelven al mismo tiempo. En el cuento de hadas, se simboliza este hecho mediante la destrucción del personaje malvado. Si faltara esto, el final del héroe que recupera el lugar que le corresponde no sería completo, puesto que, si el mal continuara existiendo, habría una amenaza constante, y el desenlace no sería todo lo feliz que se esperaba. Es importante señalar, en este caso, que es el propio impostor el que pronuncia su sentencia. Al igual que tomó la decisión de ocupar el lugar de la princesa, la criada escoge también la manera en que será destruida; ambos hechos son consecuencia de su perversidad, que le hace inventar un castigo enormemente cruel, el cual no le viene infligido, pues, desde el exterior. El mensaje que se nos transmite es que las malas intenciones conducen a la perdición de la persona malvada que las tiene. Al escoger dos caballos blancos, la impostora muestra su culpabilidad inconsciente por haber hecho matar a Falada. Al ser el caballo en el que una novia acudía a su boda, se puede suponer que era blanco, color que representa la pureza, por lo que parece adecuado que sean dos caballos blancos los que destrocen a la usurpadora.
A un nivel superficial, podría parecer que la guardadora de gansos no hace nada para cambiar su destino y que sus problemas sólo se solucionan gracias a la intervención de fuerzas benévolas o de la casualidad que da lugar a que el rey descubra su secreto. No obstante, lo que el adulto puede ver como algo insignificante, el niño* lo percibe, en cambio, como un logro considerable, puesto que él tampoco puede hacer mucho para modificar su destino, en un momento dado. El cuento de hadas sugiere que no son las grandes hazañas lo que cuenta, sino que debe producirse un desarrollo interno para que el héroe conquiste la verdadera autonomía. La independencia y la superación de la infancia exigen un desarrollo de la personalidad, no un progreso en una tarea determinada o una lucha constante con las dificultades externas.
La historia saca también a colación los peligros que acarrea una dependencia infantil prolongada en exceso. La heroína, en un primer momento, transfiere su dependencia de la madre* a la criada. De la misma manera que un niño no quiere abandonar su dependencia, la guardadora de gansos fracasa también al adaptarse a los cambios de situación: la historia nos dice que es este, precisamente, el fallo de su comportamiento. El aferrarse a la dependencia no la ayudará a conquistar una cualidad humana superior. Si se lanza al mundo —cosa que simboliza el hecho de que la princesa abandone su hogar para dirigirse a un reino lejano— debe llegar a ser independiente. Esta es la lección que la princesa aprende mientras cuida gansos.
El muchacho que la ayuda en su cuidado de los gansos trata de dominarla, como hizo la criada en el viaje a su nuevo hogar. Motivado únicamente por sus deseos, no toma en cuenta la autonomía de la princesa. Durante el camino que la alejaba de su casa, ella permitió que la doncella* la obligara a coger su propia copa de oro. Más tarde cuando la princesa está sentada en el prado peinando su cabellera, el muchacho pretende coger un mechón de su pelo, apoderarse, por así decirlo, de una parte de su cuerpo. Pero esta vez no lo permite; ahora sabe cómo defenderse de él. Antes tenía demasiado miedo de la cólera de la criada como para enfrentarse a ella, pero ahora sabe que no debe consentir que el muchacho la domine por no ceder ante sus deseos. El énfasis que pone la historia en que la copa y el pelo de la muchacha eran de oro llama la atención del oyente en cuanto a la importancia de las reacciones diferentes que ella experimenta frente a situaciones similares.
El punto culminante de la vida de la heroína es la afirmación que hace de Sí misma* al sentirse menospreciada por el chico. La princesa, que no se había atrevido a enfrentarse a la criada cuando se negó a obedecerla, ha aprendido lo que requiere el logro de la autonomía. Esto se confirma además por el hecho de no romper la promesa que su doncella le había hecho formular subrepticiamente. Se da cuenta de que no debería haberla pronunciado, pero, una vez lo ha hecho, debe cumplirla. No obstante, esto no evita el hecho de que confíe su secreto a un objeto, de la misma manera que un niño se siente liberado cuando expresa sus vivencias ante algún juguete (animismo*). Pero lo esencial es que, mediante la afirmación de su dignidad y de la inviolabilidad de su cuerpo —negativa de la muchacha ante el deseo del chico— se llega a un final feliz. El personaje malvado sólo puede pensar en intentar ser —o parecer— alguien que, en realidad, es otra persona*. La guardadora de gansos aprendió que es mucho más difícil ser uno mismo, pero sólo así conseguirá la plena autonomía y cambiará su destino.
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JACK Y LAS HABICHUELAS MÁGICAS
Los cuentos de la serie de Jack proceden de Inglaterra y desde allí se extendieron por todos los países de habla inglesa. La historia más famosa e interesante de esta serie es «Jack y las habichuelas mágicas». En ella, se nos cuenta que la vaca Leche Blanca, que hasta entonces había alimentado al niño* y a la madre*, deja, de repente, de dar leche. Así comienza la expulsión de un paraíso* infantil (la vaca que da leche como símbolo de la teta y su separación de ésta); y continúa con las burlas de la madre cuando Jack cree en el poder mágico* de sus semillas. La planta de habichuelas, de aspecto fálico, permite a Jack enzarzarse en el conflicto edípico con el ogro* (el padre-ogro), a cuyos ataques sobrevive y al que finalmente vence, sólo gracias a que la madre edípica se pone de su parte y en contra de su propio marido. Jack abandona su confianza en el poder mágico de la autoafirmación fálica cuando corta la planta de habichuelas, lo que abre el camino hacia la masculinidad madura, no dependiente del falo sino auxiliándose del ingenio.
La infancia termina cuando la creencia en una fuente inagotable de amor y de nutrición demuestra ser una fantasía irreal. La niñez comienza con una convicción igualmente irreal acerca de lo que puede conseguir el propio cuerpo del niño en general, y una parte de él en especial: su recientemente descubierto aparato sexual. De la misma manera que en la infancia el pecho materno era el símbolo de todo lo que el niño quería para vivir, ahora su cuerpo, incluidos los genitales, cumplirá esta función o, por lo menos, así quiere creerlo el muchacho. Esto es igualmente válido para ambos sexos; esta es la razón por la que tanto los niños como las niñas disfrutan de «Jack y las habichuelas mágicas». Se llega al final de la niñez, como ya hemos dicho antes, cuando se abandonan estos sueños infantiles y cuando la autoafirmación, incluso frente a un progenitor, se convierte en lo más importante.
Todos los niños pueden captar el significado inconsciente de la tragedia cuando la vaca Leche Blanca, que brindaba todo lo necesario, deja, repentinamente, de dar leche. Les trae a la memoria imágenes, ya casi olvidadas, del momento dramático en que dejaron de recibir la leche al ser destetados. Es el instante en qua la madre exige al niño que aprenda a recibir lo que el mundo externo puede ofrecerle. Esto está representado en la historia por el hecho de que la madre de Jack lo manda a buscar algo (el dinero que se espera que consiga por la vaca) que les ayude a sobrevivir. Pero el que Jack crea todavía en los objetos mágicos no le ha preparado todavía para enfrentarse al mundo de manera realista.
Si hasta este momento la madre (la vaca, en la metáfora del cuento) ha proporcionado todo lo necesario y ahora ya no es así, es lógico que el niño se dirija al otro progenitor —representado en la historia por el hombre con el que Jack se encuentra por el camino— a la espera de que el padre* le brinde, a través de la magia, lo que el niño necesita. Privado de los objetos «mágicos» que hasta entonces nunca le habían fallado y que él sentía como sus «derechos» incuestionables, Jack está más que preparado para cambiar la vaca por cualquier promesa de solución mágica a la difícil situación en que se encuentra.
El ser impulsado al mundo externo significa el final de la infancia. El primer paso en este camino es el abandono de las soluciones exclusivamente orales a todos los problemas de la vida. Hay que sustituir la dependencia oral por lo que el niño puede hacer por sí mismo, siguiendo sus propias iniciativas. La historia de Jack nos dice que, aunque el creer en la magia puede ser una ayuda para enfrentarse al mundo por sí mismo, en último término debemos tomar la iniciativa y aceptar correr los riesgos que implica la lucha por la vida. Cuando Jack recibe las semillas mágicas, trepa por la planta y pone en peligro su vida tres veces para conseguir los objetos mágicos. Al final de la historia corta el tallo, asegurando de esta manera su posesión de los objetos mágicos que ha conseguido gracias a su astucia.
El niño sólo acepta el abandono de la dependencia oral si puede encontrar seguridad en la creencia realista —o, lo más probable, exageradamente fantástica— de que su cuerpo y sus órganos harán algo por él. Pero el niño no ve la sexualidad como algo basado en una relación entre un hombre y una mujer, sino algo que puede alcanzar por sí solo. Sólo la confianza en lo que su propio cuerpo —o, más concretamente, su sexualidad floreciente— puede hacer por él le permite al niño el abandono de la satisfacción oral; esta es otra razón por la que Jack está dispuesto a cambiar la vaca por las semillas.

El hecho de trepar por la planta de habichuelas simboliza no sólo el poder «mágico» que el palo tiene para erguirse, sino también los sentimientos del muchacho relaciona¬dos con la masturbación. El niño que se masturba teme que, si le descubren, será duramente casti¬gado, lo mismo que el ogro destruiría a Jack si se enterara de sus intenciones. Pero el niño siente también, al masturbarse, como si estuviera «robando» algún poder a sus padres. El pequeño, que capta a nivel inconsciente este significado de la historia, llega a la conclusión de que sus temores referidos a la masturbación son infundados. Su incursión «fálica» al mundo de los ogros-gigantes adultos, lejos de llevarle a la destrucción, le ofrece unas ventajas de las que podrá disfrutar de modo permanente.
Si su madre aceptara el hecho de que Jack quiere creer en que sus semillas y lo que pueda nacer de ellas tendrá tanto valor como la vaca en el pasado, Jack necesitaría en menor grado echar mano de las satisfacciones fantásticas, como, por ejemplo, la confianza en los mágicos poderes fálicos simbolizados por la enorme planta de habichuelas. En lugar de aprobar el primer acto de independencia e iniciativa de Jack —el cambio de la vaca por las semillas—, su madre se burla de lo que ha hecho, se enfada con él, le pega y, lo peor de todo, cae de nuevo en el ejercicio de su poder oral frustrante: como castigo por haber mostrado iniciativas, Jack tiene que acostarse sin probar bocado. Una vez en la cama, después de que la realidad ha resultado tan decepcionante, la satisfacción de tipo fantástico se apodera de Jack. Comprobamos una vez más la sutilidad psicológica de los cuentos de hadas, que brinda lo que se ha llamado el halo de la verdad, por el hecho de que las semillas originan la enorme planta de habichuelas durante la noche. Ningún chico normal podría exagerar así, en estado de vigilia, las esperanzas provocadas en él por su recién descubierta masculinidad. Pero, durante la noche, ve en sueños las imágenes extraordinarias de la habichuela por la que trepará hasta las puertas del cielo. La historia nos dice que, cuando Jack se despierta, la habitación está a oscuras porque la planta impide que entre la luz. Esto nos sugiere también que todo lo que sucede no es más que un sueño (el hecho de escalar hasta el cielo por la planta, el encuentro con el ogro, etc.), que hace concebir esperanzas a Jack de que algún día conseguirá grandes cosas.
El crecimiento fantástico de las pequeñas, pero mágicas, semillas que ocurre durante la noche es captado por los niños como un símbolo del poder milagroso y de las satisfacciones que el desarrollo sexual de Jack trae consigo: la fase fálica está sustituyendo a la oral; las habichuelas han reemplazado a Leche Blanca. El niño trepará por ellas hasta llegar a un plano superior de existencia.
No obstante, la historia nos advierte de que esto no será posible sin pasar antes por grandes peligros. La fijación en la fase fálica representa un nimio progreso respecto a la fijación en la fase oral. Cuando se utiliza la relativa independencia, adquirida gracias al nuevo desarrollo social y sexual para resolver los problemas edípicos anteriores, se ha emprendido el camino hacia el verdadero progreso humano. De ahí los peligrosos encuentros de Jack con el ogro, que encarna el poder edípico. Sin embargo, Jack recibe la ayuda de la mujer del ogro (ayudante sobrenatural*), sin la que éste hubiera llegado a destruirle. La inseguridad de Jack en cuanto a su fuerza sexual recientemente descubierta, se manifiesta en su «regresión» a la oralidad siempre que se siente amenazado: se esconde dos veces en el horno y finalmente en una gran caldera de cobre (vientre de la ballena*). Se sugiere también su inmadurez en otro detalle: Jack roba los objetos mágicos que posee el ogro, sólo gracias a que éste está profundamente dormido. Asimismo se indica el hecho de que Jack, en el fondo, no está preparado para confiar en su nueva masculinidad cuando le pide comida a la mujer del ogro. El muchacho no confía aún suficientemente en el padre como para poder relacionarse abiertamente con él. Para vencer las dificultades de este período, el niño necesita la ayuda de una madre comprensiva: Jack llega a poseer los poderes del padre-ogro sólo porque la mujer de éste le protege y oculta.

Muchos niños pasan por la experiencia de que, la mayor parte del tiempo en que el pa¬dre —como el ogro del cuento— no está en casa, se sienten muy a gusto con su madre, al igual que Jack con la mujer del ogro. Pero entonces llega el padre pidiendo la comida y todo se estropea, por lo que el niño no está contento con la aparición del padre. Si no se consigue que el niño tenga la sensación de que su padre está feliz si le encuentra en casa, el pequeño tendrá miedo de haber excluido al padre de sus fantasías, mientras éste estaba fuera. Puesto que el niño quiere robar las posesiones que más aprecia el padre, es lógico que tema un castigo como represalia.
En su primer viaje, Jack roba una bolsa llena de oro, que permite que él y su madre compren todo lo que necesitan. Sin embargo, pronto se acaba este dinero, por lo que Jack repite su incursión, aun sabiendo que, al hacerlo, pondrá en peligro su vida.
En su segundo viaje, Jack coge una gallina que pone huevos de oro (bolsa y gallina representan los deseos anales de posesión); ha aprendido que las cosas que uno no hace o que otros no hacen para él se acaban muy pronto. Jack podría haberse sentido satisfecho con la gallina, puesto que a partir de ese momento todas las necesidades físicas podían satisfacerse sin problemas. Así pues, no existía motivo alguno para el tercer viaje aparte del deseo de riesgos y aventuras y del anhelo de encontrar algo mejor que los bienes materiales. En consecuencia, Jack se apodera esta vez del arpa de oro, que simboliza la belleza, el ARTE y los aspectos superiores de la vida (Elixir*).
Mientras Jack conquista una existencia más humana, al luchar y conseguir lo que el arpa representa, se ve obligado a reconocer —cuando el ogro está a punto de atraparlo— que, si sigue confiando en las soluciones mágicas, acabará por ser destruido. En el instante en que el ogro baja tras él por la planta, Jack llama a su madre para que corte el tallo. La madre coge el hacha pero, al ver las enormes piernas del ogro que se acercan, se queda paralizada por el terror; es incapaz de enfrentarse a los objetos fálicos. A un nivel diferente, esto significa que, aunque una madre pueda proteger a su hijo de los peligros implicados en su lucha por convertirse en un hombre —como hizo la mujer del ogro al esconder a Jack—, no puede hacerlo todo por él; sólo el niño mismo es capaz de conseguirlo. Jack le arrebata el hacha y corta la planta, con lo que el ogro cae al suelo y queda muerto en el acto. Con esta acción Jack se libera del padre experimentado a nivel oral: un ogro celoso que quiere devorarlo.
Al final de la historia de «Jack y las habichuelas mágicas», Jack está listo para abandonar las fantasías fálicas y edípicas, y para intentar, en cambio, vivir en la realidad como cualquier niño de su edad puede hacer. El siguiente estadio de desarrollo no nos lo presenta ya tratando de engañar al padre que duerme para robarle sus posesiones, ni fantaseando que una madre pueda traicionar a su marido por él, sino luchando abiertamente por un progreso social y sexual. Ahí es donde empieza «Jack y sus negocios» (otro de los cuentos de la serie de Jack), es decir, cuando Jack consigue esta madurez.
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GERARDO VALVERDE/OBRA





